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Archive for 21 abril 2016

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Un buen amigo acostumbra enviarme noticias relacionadas con el vino, que yo agradezco siempre, pues por lo general sus informaciones son interesantes. En la última me remite un artículo publicado en su día en la revista Que dando cuenta del enólogo chileno Aurelio Montes, fundador de la Viña Montes (en Chile llaman “viña” a las bodegas productoras de vino) que  hacía sonar cantos gregorianos en sus bodegas para mejorar la calidad de los caldos durante su crianza porque, asegura, la música y el vino forman una unión indisoluble. “Siempre hemos tenido la inquietud de que la música y el vino van juntos. Es muy distinto tomar una copa en un lugar ruidoso e incómodo a hacerlo sentado escuchando una grata música, sea clásica o moderna”, explicaba el bodeguero.

Cuando en 2004 construyó su bodega del Valle de Colchagua, Montes montó un equipo de música y altavoces para envolver con cantos gregorianos la sala de barricas y lograr que el caldo madurara en un ambiente relajante. “Buscamos qué tipo de música iría bien para dar una sensación de calma y de paz y descubrimos que los cantos gregorianos eran algo sagrado, relajante“.

La sospecha de que la música influía en el líquido fue corroborada por un estudio publicado en la revista National Geographic que señalaba la influencia positiva de los ritmos y melodías en el agua y las plantas. “En el vino las diferencias son muy sutiles”, explica Montes, quien está convencido de que la música monástica beneficia a sus caldos, sobre todo a la variedad Cabernet Sauvignon. “Desde que ponemos música, el vino envejece con una grata armonía. Al principio, el vino es un poco agresivo, como un joven, pero con la música los taninos se ablandan”, asegura.

La voluntad de relacionar vino y música llevó a Aurelio Montes a impulsar, junto a la Universidad Heriot-Watt (Edimburgo), una ambiciosa investigación que determinó que la música puede influir en el sabor. Los psicólogos de esta universidad escocesa comprobaron que las diversas melodías estimulan distintas partes del cerebro y preparan al consumidor para degustar los caldos. Así, una pieza musical de gran fuerza comoCarmina Burana hace que un Cabernet Sauvignon se deguste hasta un 60 por ciento más potente y robusto.

vino-y-mc3basicaEn cambio, a la hora de saborear un Chardonnay, lo ideal es escuchar Rock DJ, de Robbie Williams, o Spinning around, de Kylie Minogue, mientras que para paladear un Syrah lo mejor es un clásico como el aria Nessun Dorma, de Puccini, interpretada por Luciano Pavarotti.

Aunque Aurelio Montes intuía que había relación directa entre la música y la percepción gustativa del vino, el enólogo está “tremendamente sorprendido” por la investigación. Alentado por sus resultados, el fundador de Viña Montes ya tiene en mente nuevos ensayos para que el vino pueda gozar de estrellas del rock como Jimi Hendrix. Aurelio Montes está convencido de que estos descubrimientos influirán en los hábitos de consumo y no descarta que además del tipo de comida recomendado, las etiquetas incluyan en el futuro el tipo de música para realzar sus cualidades.

Leer esta curiosidad, no me atrevo a darle categoría técnica, está por mostrar los efectos que puede aportar a ya de por sí  sofisticado universo vinícola actual, cuajado de colores, tonos, variedades, matices y aromas. Pero Aurelio Montes no cree se vuelva más elitista y exclusivo. “Lo que pasa -dice- es que el vino es de los pocos productos que se consideran una pieza de arte, porque en su elaboración hay un poco de artesanía”.

A la vista de lo cual me animo a ver buscar antecedentes en Internet, y no es mucho lo que hallo, pero algo es: Al parecer en nuestro país ya se han realizado ensayos, como Jauma Gramona, de las Cavas Gramona, de S. Sadurní d’Anoia, encerrando unas botellas en espacios con deferentes músicas; en el primero sin música, en el segundo música sinfónica y moderna en el tercero. El experimento duraría seis meses, observando las “posibles” alteraciones durante la crianza y las diferencias entre los tres espacios. No parece que la cosa funcionara, pues nada ha trascendido desde tan conocida marca.

Otro experimento con base más científica es la que llevó la bodega jerezana Marqués del Real Tesoro, desde su departamento de I+D+i. Un hilo musical instalado en las bodegas emitía a intervalos regulados, una música basada en la secuencia genética de la levadura de flor. Esta levadura forma la película que protege al fino de la oxidación, e impide el contacto del caldo con el aire del interior de las botas de madera de roble. 

El propósito de la bodega era que la técnica redujera el tiempo de crianza del fino de tres a dos años, mejorando la rentabilidad del proceso de elaboración por la reducción del período de inmovilizado del vino. Aunque no he podido saber el resultado final de las pruebas, no parece que la cuestión llegó a buen término.

Con todo o cual se llega a la conclusión de que, por ahora, los productores de vino que quieran sacar el máximo provecho de su producto deberán adquirir conocimientos musicales, mientras que los consumidores, de lograr que algún día se consiga un vino ¿musical?, aparte de elegir la comida adecuada, se verán en la encrucijada de escuchar a Mozart,  The Rolling Stones o a Paul McCartney.

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Los vinos de Jerez superan la herencia de Ruiz-Mateos, que tiró los precios y el prestigio de la denominación. Bares especializados y alta cocina, claves en el regreso de fino y oloroso.

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 . Cuando en los años 60 el vino de Jerez se vendía solo a medio mundo y en la comarca había dinero, él ya trabajaba en la bodega que compró su abuelo. Cuando en los 70 y primeros 80hundió los precios y el prestigio del jerez, él lo sufrió como todos. Cuando en los 90 y 2000 cerraron la mayoría de las 350 bodegas que llegó a haber, él aguantó como pudo. Y ahora, ahora que el jerez vuelve e venderse, a sus 70 años Juan Carlos sigue en pie para verlo. Porque , el vino de Churchill y los reyes de Inglaterra, de Shakespeare y de Nelson, está de vuelta. En 2015por primera vez en más 30 años repuntó el consumo nacional. Y hay que ir a Jerez para comprender qué está pasando.

. Cuando en los años 60 el vino de Jerez se vendía solo a medio mundo y en la comarca había dinero, él ya trabajaba en la bodega que compró su abuelo. Cuando en los 70 y primeros 80hundió los precios y el prestigio del jerez, él lo sufrió como todos. Cuando en los 90 y 2000 cerraron la mayoría de las 350 bodegas que llegó a haber, él aguantó como pudo. Y ahora, ahora que el jerez vuelve e venderse, a sus 70 años Juan Carlos sigue en pie para verlo. Porque , el vino de Churchill y los reyes de Inglaterra, de Shakespeare y de Nelson, está de vuelta. En 2015por primera vez en más 30 años repuntó el consumo nacional. Y hay que ir a Jerez para comprender qué está pasando.

. Cuando en los años 60 el vino de Jerez se vendía solo a medio mundo y en la comarca había dinero, él ya trabajaba en la bodega que compró su abuelo. Cuando en los 70 y primeros 80hundió los precios y el prestigio del jerez, él lo sufrió como todos. Cuando en los 90 y 2000 cerraron la mayoría de las 350 bodegas que llegó a haber, él aguantó como pudo. Y ahora, ahora que el jerez vuelve e venderse, a sus 70 años Juan Carlos sigue en pie para verlo. Porque , el vino de Churchill y los reyes de Inglaterra, de Shakespeare y de Nelson, está de vuelta. En 2015por primera vez en más 30 años repuntó el consumo nacional. Y hay que ir a Jerez para comprender qué está pasando.

. Cuando en los años 60 el vino de Jerez se vendía solo a medio mundo y en la comarca había dinero, él ya trabajaba en la bodega que compró su abuelo. Cuando en los 70 y primeros 80hundió los precios y el prestigio del jerez, él lo sufrió como todos. Cuando en los 90 y 2000 cerraron la mayoría de las 350 bodegas que llegó a haber, él aguantó como pudo. Y ahora, ahora que el jerez vuelve e venderse, a sus 70 años Juan Carlos sigue en pie para verlo. Porque , el vino de Churchill y los reyes de Inglaterra, de Shakespeare y de Nelson, está de vuelta. En 2015por primera vez en más 30 años repuntó el consumo nacional. Y hay que ir a Jerez para comprender qué está pasando.

. Cuando en los años 60 el vino de Jerez se vendía solo a medio mundo y en la comarca había dinero, él ya trabajaba en la bodega que compró su abuelo. Cuando en los 70 y primeros 80hundió los precios y el prestigio del jerez, él lo sufrió como todos. Cuando en los 90 y 2000 cerraron la mayoría de las 350 bodegas que llegó a haber, él aguantó como pudo. Y ahora, ahora que el jerez vuelve e venderse, a sus 70 años Juan Carlos sigue en pie para verlo. Porque , el vino de Churchill y los reyes de Inglaterra, de Shakespeare y de Nelson, está de vuelta. En 2015por primera vez en más 30 años repuntó el consumo nacional. Y hay que ir a Jerez para comprender qué está pasando.

Juan Carlos Gutiérrez Colosía siempre estuvo ahí. Cuando en los años 60 el vino de Jerez se vendía solo a medio mundo y en la comarca había dinero, él ya trabajaba en la bodega que compró su abuelo. Cuando en los 70 y primeros 80 Ruiz Mateos hundió los precios y el prestigio del jerez, él lo sufrió como todos. Cuando en los 90 y 2000 cerraron la mayoría de las 350 bodegas que llegó a haber, él aguantó como pudo. Y ahora, ahora que el jerez vuelve e venderse, a sus 70 años Juan Carlos sigue en pie para verlo. Porque el jerez, el vino de Churchill y los reyes de Inglaterra, de Shakespeare y de Nelson, está de vuelta. En 2015 por primera vez en más 30 años repuntó el consumo nacional. Y hay que ir a Jerez para comprender qué está pasando.

0001015677_230x230_jpg000Helena Rivero (en la foto) es un buen ejemplo de lo que ocurre. Rivero es hija de Joaquín Rivero, jerezano y exdueño de Metrovacesa, que en los años del boom inmobiliario llegó a ser una de las mayores fortunas del país. A finales de los 90 Helena decidió que había que volver al jerez. Los Rivero habían tenido una de las bodegas más antiguas de Jerez, CZ, fundada en el siglo XVII y, como tantas otras, cerró en los 80 tras problemas con el banco. “Antes o después iba a volver. No podía acabar así un vino       con 3.000 años de historia. Nuestra generación no podía perderlo”, explica Helena mientras pasea entre las botas de la bodega, en el centro de Jerez. Es una bodega pequeña, coqueta, imbricada entre las minúsculas calles de adoquines que serpentean por la ciudad.

 

Así que Rivero fundó en 1998 la bodega Tradición, hoy llamada CZ-Tradicióndespués de recomprar la marca histórica. Comenzaron a comprar soleras (añadas) de vinos cuando todo el mundo vendía. “En 1998 les parecía una locura y más cuando duplicábamos los precios de cualquiera de los vinos que se producían y apostábamos solo por la calidad. Nos decían que si estábamos locos, que si íbamos a limpiar los cristales con el vino que comprábamos”, recuerda. No solo no querían limpiar los cristales sino que buscaban algo aún más loco: producir vinos de Jerez –fino, oloroso, amontillado, cream, Pedro Ximenez y brandy- de la máxima calidad y venderlo a un segmento muy alto. “Obviamente había mejores negocios que ese, pero no era solo por romanticismo, queríamos ganar dinero”, señala Rivero, presidenta de CZ Tradición.

Las bodegas CZ Tradición nacieron históricamente en 1650.

1449073565_754433803Para pensar lo que suponía esa empresa a finales de los 90 hay que bajar unos kilómetros hacia la costa, hacia El Puerto de Santa María. Allí, junto a la desembocadura del Río Guadalete está la bodega Gutiérrez Colosía, dirigida por Juan Carlos Gutiérrez Colosía, el penúltimo mohicano de El Puerto. “Sería el año 96 o 97 y estaba yo en una feria de vino en Flandes y nadie se paraba en mi stand. No querían ni probarlo. Otra vez en Londres, un exportador me dijo “No sherry, no sherry”.

Y a su vez, para entender por qué nadie quería el Jerez y todos pensaban que Helena Rivero pretendía enterrar la fortuna familiar en el vino de Jerez hay que retroceder aún más (este es el último flashback, no se pierdan). “En los 70 se triplicó la superficie de viñedo y eso generó un excedente de producción enorme, una oferta tremendamente alta que llevó a precios muy bajos y calidades que no eran las del jerez”, explica Beltrán Domecq Williams, presidente del consejo regulador de la Denominación de Origen. Como muchos de los entrevistados,Domecq Williams tiene dos apellidos bodegueros. En Jerez los orígenes son importantes. A menudo cuando te presentan a alguien te dicen sus dos apellidos.

Domecq Williams es un prototipo de caballero jerezano del mundo del vino. Apellidos inglés y ojos azules, viste sombrero, traje azul sobre una camisa azul con rayas blancas, corbata arqueada, pañuelo que asoma del bolsillo de la chaqueta y lleva unos lustrosos zapatos con borlitas. Es químico y ha pasado por toda la cadena de producción del vino. Era director general de la bodegaWilliams & Humbert cuando en 1972 la compró Ruiz-Mateos. No le señala directamente, pero desliza: “‘Aquí falta vino’, nos decía”. Recibe en su despacho en el consejo regulador, un edificio construido a mitad del siglo XX, en pleno esplendor del Jerez, simulando con éxito un edificio señorial.

En 1964, en su esplendor, en la zona de la denominación de origen había 7.666 hectáreas dedicadas a la viña. En 1978 se tocó techo con 22.097 hectáreas. Y comenzó la bajar lenta pero inexorablemente hasta que la superficie ahora vuelve a estar estabilizada en unas 7.000 hectáreas, según datos de la denominación de origen. Es decir, ha vuelto a la cifra de equilibrio, aunque la producción por hectárea es ahora mayor. El consumo siguió el camino inverso.

Gutiérrez Colosía, menos diplomático, no duda al señalar al culpable: “Ruiz-Mateos ha sido el desastre número uno. Hundió el Jerez. Era un iluminado. Prostituyó el vino de Jerez, vendió barbaridades e hizo que perdiera el prestigio. Él fue muy malo, pero además tuvo muy buenos alumnos. Quiso hacer industria de la bodega y la bodega no es una industria”.

 “Ruiz-Mateos prostituyó el vino de Jerez, vendió barbaridades e hizo que perdiera el prestigio”
Los jerezanos recuerdan que en los años buenos las calles olían a vino y los mayores no han olvidado el trenecito que recorrían la ciudad entre las bodegas llevando botas (aquí se llama así a los toneles). Pero después de siglos, eso se acabó. En una década, el jerez pasó de ser el vino de la alta sociedad británica, el que había citado Shakespeare 40 veces, el que no faltaba en una boda real, el que habían pedido los zares por encargo, a ser uno más en la fila del supermercado. Siguió teniendo fieles, claro, pero cada vez que moría un lord británico perdía un cliente. Y la demografía es tozuda.

Así llegó la democracia, el cambio social al que Jerez no se adaptó bien –no es ciudad para cambios- la propiedad de las bodegas se fue dividiendo entre hermanos y a menudo los menos capaces quedaban al frente mientras los más estudiosos emigraban. El resultado es que las bodegas fueron cayendo. De Domecq -las correrías de esa rama de los Domecq con el dinero eran legendarias, como pasar temporadas enteras en Francia jugando al polo-, no queda nada. Otras pasaron a manos de multinacionales y otras aguantaron solo como bodegas zombi. Quedan entre 40 y 50 bodegas cuando llegó a haber 350. La superficie de cultivo se triplicó en los 70 y eso hundió el precio.

Así que ya es fácil imaginar la cara de los bodegueros cuando Helena Rivero volvió a la ciudad a montar una bodega de lujo. Además, el jerez tiene varias peculiaridades que lo hacen único en el mundo: no hay un único vino por año, sino que se va mezclando en la solera (las fila de botas más cercana al suelo) con las criaderas (las filas superiores) de varios años. Cuando se embotella una parte de la bota de la solera, se repone con vinos más jóvenes. Todo el proceso sigue las anotaciones a tiza sobre las botas que solo entienden los capataces. Además, con un solo tipo de uva, la palomino, se pueden conseguir distintos tipos de vino según la fermentación que se realice: fino, amontillado, oloroso, palo cortado, cream, medium, pale cream… “Cuando vienen de otras zonas bodegueras y nos ven lo que hacemos a veces dicen: ‘Qué catetos somos con el vino'”, explica Daniel, que ejerce de anfitrión en las bodegas CZ Tradición.

La tradición se mantuvo, pero cada vez había menos restos del Jerez en la ciudad. Jerez apostó por ser la ciudad de las motos. La prueba es que el consejo regulador está en una de las principales avenidas de la ciudad y a la misma puerta está el paseo de las estrellas del motociclismo. Jerez fue también la ciudad del despilfarro, de las más endeudadas de España y que no podía pagar ni la limpieza. Y fue también una de las capitales de la corrupción (tiene a todos los alcaldes democráticos en prisión o imputados). Es como si el vino fuese algo del pasado. Hasta que hace unos cinco años, algo empezó a cambiar.

La alta gastronomía empezó a considerar el jerez como un vino para la comida, no solo para el aperitivo, y poco a poco, cosas de las modas, volvió lentamente. José Argudo López de Carrizosa (de nuevo un apellido de bodegas), responsable de márquetin de Gonzalez-Byass, señala un hito: la apertura del bar pepito en King´s Cross, Londres, el primero de los sherry bars -el nombre británico procede de sherish, el nombre árabe de Jerez y prueba lo lejos que comenzó la exportación-. Fue en marzo de 2010. Y desde entonces han abierto sherry bars en las principales capitales. “Es que el jerez es cool, como vuelven las vermuterías. En Londres a las cinco de la tarde puedes ver en un bar a una chica joven que toma una copa de oloroso mientras lee una novela”. El documental Jerez y el misterio del Palo Cortado, o la novela de María Dueñas ambientada en Jerez del siglo XIX han ayudado.

 González-Byass es un buen ejemplo de gran bodega familiar que ha sabido sobrevivir. Además del jerez compró y produce Beronia (Rioja) y vinos de otras denominaciones. Pero la estrella es el Tío Pepe (llamada así en honor al tío del fundador). La chaquetilla de González-Byass impregna todo el despacho de Argudo. La webcam la tiene pegada con celo sobre una botella de Tío Pepe. La bodega, la más visitada de Europa, explota su historia  muestra con orgullo las botas firmadas por los Beatles, entre otras.

Pocos símbolos pueden competir con el de Tío Pepe, que corona la Puerta del Sol de Madrid. Sí lo puede hacer el toro de Osborne. La bodega de El Puerto es hoy una multinacional que cubre desde los jamones 5J a la tónica Fever Tree y cuyo capital sigue milagrosa y mayoritariamente en manos de la familia Osborne desde hace 200 años. Iván Llanza, su director de comunicación, cuenta en la bodega que el truco del regreso es la autenticidad: “Hay empresas que se inventan una historia. A mí no me hace falta. Ahí está la solera de 1792 que bebía Nicolás II, zar de Rusia, y hay otra de 1812”.

El sector intuye la mejora con una excitación palpable. En 2015 el consumo en España subió. Levemente, pero subió: pasó de 11,343 millones de litros en 2014 a 11,522 millones en 2015. No es mucho, solo un 1,5%, pero en un momento de debilidad económica y de reducción del consumo de vino es un dato más que esperanzador. Es tan raro ese aumento que en el consejo regulador no tienen serie histórica suficiente para encontrar la última vez que subió el consumo en España. Su presidente, Beltrán Domecq, admite que es probable que sea el primer repunte en 35 años. La exportación sigue bajando, pero en Jerez creen que se debe a que baja la venta de marcas blancas -en el Reino Unido es fácil encontrar sherry barato en los supermercados- y suben las de jerez de calidad.

Esa es la impresión que transmite Helena Rivero. Las ventas de CZ-Tradición han crecido en España un 5% el año pasado y a mitad de 2015 se quedaron sin palo cortado. Habían vendido 2.100 botellas a 80 euros por botella. La bodega produce unas 20.000 botellas al año, siempre de vinos de más de 20 o 30 años, que exporta en un 75%. CZ-Tradición no solo ofrece vino, sino que la familia Rivero ha instalado la pinacoteca familiar en la bodega para los vistantes. Además de catar el vino y ver la elaboración, los turistas pueden ver un Greco, un Velázquez y hasta dos retratos atribuidos a Goya que, según cuentan, el poeta José María Pemán tenía arrumbados en el cuarto de juego de los niños, o azulejos que pintó Picasso con solo ocho años y en los que el toro ya recuerda al del Guernica. No son vinos baratos. Una botella de su mejor brandy puede llegar a los 300 euros en la tienda.

Lo que aún no pueden ver los turistas es el archivo histórico de la bodega. En una buhardilla, Manuel Marín lleva meses enfrascado descifrando los legajos que la familia Rivero consiguió recomprar al antiguo dueño de la bodega y que se remontan al siglo XVII. “Muchos no los he abierto aún y hay muchos datos rutinarios, porque anotaban hasta el costo del pan que le daban a los perros”, cuenta Marín enfundado en su bata blanca entre papeles. Se le ilumina la cara al enseñar las joyas con las que da de vez en cuando que toca con los guantes de látex. “Mire esta carta, es un cliente que en enero de 1767 dice que no quiere molestar al señor Rivero pero que espera que mande cuanto antes el envío acordado a la China”. O esa otra en la que en el centenario de la batalla de Trafalgar, en la que se perdió un cargamento de vino de CZ, los ingleses ofrecían como compensación un trozo del mástil del palo mayor y de lona de la vela de la nave Victory, la que capitaneó Nelson frente a las costas de Cádiz.

Gutiérrez Colosía también es optimista. “El jerez estuvo a punto de morir de grandeza. Hace 10 años al que me preguntaba le decía que no íbamos a quedar ninguno. Ahora sí veo futuro. Si hacemos vinos caros y de calidad”. En su bodega muestra cómo está invirtiendo para mejorar restaurar botas y mejorar las instalaciones. Él ha aguantado porque no tiene muchos gastos y lo lleva todo en familia. “Yo embotello, yo saco la uva. Es lo que he hecho toda mi vida. El enólogo soy yo, si después de toda la vida no voy a saber de vino…”.

Por supuesto que queda mucho camino por recorrer si el jerez quiere volver a ser lo que fue. Beltrán Domecq, presidente del Consejo Regulador, aspira a que el panorama cuando pase por su ciudad cambie. “Me da mucha pena Jerez porque por la calle Larga [la arteria peatonal del centro] ves a todos tomando cervecita y un riojita. Eso es tristísimo. Los jerezanos no damos ejemplo”.

Puede que haya riojita y cervecitas, pero en los últimos años han vuelto los tabancos, pequeños establecimientos en los que además de cerveza dispensan vino de Jerez directamente de la bota, a granel. Tradicionalmente eran pequeños tugurios que huelen a vino. Pero hace una semana en uno de ellos, el ambiente no era tal. Las tapas las servían en papel de estraza sobre la barra, en la que apuntaban la cuenta a tiza, sí, como siempre. Había señores mayores, pero también jóvenes y turistas que pedían un oloroso para escuchar al grupo de flamenco que se divertía cantando probablemente a cambio de la consumición: “¿Pa qué quiero más tormento que estar un año sin verte?”, se arrancaba el cantaor, que al terminar saludaba entre aplausos: “Bienvenidos al planeta Tierra”. Bienvenidos a Jerez.

FUENTE:   El vino de Jerez está de vuelta. (EFE)         RAFAEL MÉNDEZ. JEREZ

 

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Martina e Ignacio

En marcha desde hace cinco años, no ha sido hasta ahora que Martina e Ignacio Prieto han comenzado a presentar en sociedad su proyecto vinícola. Bodegas Prieto Pariente nace con la intención de elaborar tintos a partir de viña viejaseleccionada, en principio en la provincia de Valladolid aunque su búsqueda les ha llevado también, y por el momento, hasta la zona de Gredos (Ávila) y el Bierzo.

Tercera generación de la familia Pariente, vinculada históricamente al mundo del vino, a ambos les avala su experiencia profesional en Bodegas José Pariente (DO Rueda) junto a su madre, Mariví Pariente. Martina participa en la parte enológica, con Mariví, desde antes de terminar sus estudios universitarios. Por su parte, Ignacio se ocupa de los números y la parte comercial, la cosa más ardua y menos vistosa pero sin duda más que importante. Ahora, después de llevar años elaborando vinos blancos en Rueda, los hermanos Prieto Pariente tenían ganas de hacer tintos y poner en marcha un proyecto propio y es así como nace esta nueva firma bodeguera bajo indicación geográfica Vino de la Tierra de Castilla y León.

Antes de nada han estado tiempo buscando viña vieja además de altitud y orientación norte, los tres parámetros en los que insiste Martina al hablar de la procedencia de las uvas con las que están trabajando “pues ante todo buscamos un estilo de vino, fresco, amable, fluido, de corte atlántico, elegante, sin tanta extracción”. Con esta finalidad su incursión comenzó por la provincia de Valladolid, donde ahora disponen de viñas en Pedrosa del Rey, Valbuena de Duero y Mucientes. Gama de vinos Prieto ParienteEs a partir de estas que desarrollan su gama de vinos “Páramos de Valladolid”, donde incluyen dos tintos y un blanco fruto de la casualidad. Si bien es cierto que su pretensión es desarrollar un proyecto de tintos, durante ese proceso de localización cuentan que encontraron una pequeña viña de viognier en la parcela de uno de sus proveedores “y nos parecía tan especial que optamos por elaborarla también, aunque es tan pequeña que solo nos ha dado para 3.307 botellas este año”, explica Martina. El resultado se llamaViognier Prieto Pariente 2015 (unos 15 €), cuya fermentación se realiza en grandes volúmenes de madera usada, en el que no hay intervención alguna y con una crianza del 50% en barrica de segundo uso y el resto en acero inoxidable con sus lías. Es un vino glicérico, con aromas de flores blancas, carnoso, con volumen en la boca y donde al final la golosidad se impone sobre la frescura.

En todo caso, su idea es hacer vinos en los que se intervenga lo mínimo posible, con maceraciones muy largas (tres meses o más), y tocándolo lo justo y necesario para evitar oxidaciones. “Pretendemos –añade–  hacer vinos con mucha intensidad que, a partir de una selección buena selección en la viña, reflejen el lugar del que proceden”.

Por ahora, todo el viñedo con el que trabajan es arrendado, está distribuido en doce fincas cuya media de tamaño es poco más de una hectárea, y en la mayoría de los casos destinados a desaparecer si no se hubieran interesado por ellos. Luego, añaden de fuera de la provincia viña en Gredos, en concreto de Cebreros (Ávila) y otra en Bierzo.

Respecto a los tintos de la gama “Páramos de Valladolid”, recordemos que los dos elaborados con uvas procedentes de la provincia, el más joven, o hermano pequeño, es Prieto Pariente (50% garnacha, 50% tempranillo), con la añada 2014 en el mercado (17 €). Realiza la maloláctica en madera y después permanece once meses en barrica usada (¡de José Pariente, que para eso las tienes en casa!). Un vino fresco, aromático, fluido, de viva acidez, del que han sacado unas 8.700 botellas, dos mil más que de la primera añada. Origen de Prieto Pariente (28-30 €), con 70% tempranillo, 20% garnacha y 10% cabernet sauvignon, “es el vino que queríamos hacer cuando iniciamos el proyecto”, apuntan, y su nombre responde a que es con el que comienza dicho proyecto. Con cuerpo, elegante, fina riqueza aromática, notas de montebajo, tanino pulido, amable, profundo, con longitud en la boca. La cabernet (de una viña de unos 80 años plantada en Mucientes) le aporta frescura. Tiene una crianza de 17 meses y la añada 2014 saldrá en el último trimestre de este año.

Junto a estos vinos saldrán, por ahora, otros dos procedentes de las viñas que tienen fuera de la provincia vallisoletana y por lo que los llaman Confines.Confines de Gredos 2014 es una garnacha de Cebreros localizada a más de mil metros sobre suelos mitad de granito y la otra mitad de pizarra, y después saldrá Confines del Bierzo, aunque por ahora es sólo un proyecto del que nos hacen partícipes.

Lo que sí ya tienen para la próxima vendimia es bodega pues han alquilado una antigua,  subterránea, en el pueblo de La Seca, donde centralizarán todo el trabajo.

FUENTE: PROENSA. Mara Sánchez. 13.4.2016
http://www.proensa.com/prieto-pariente-un-proyecto-de-suelos-y-vina-vieja/

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Monasterio de Scala Dei

IMG_4838Para muchos la Semana Santa es sólo un periodo vacacional; para otros, muy pocos, es un momento de reflexión, de recogimiento. Para los menos, como yo, una oportunidad de culturizarse y aumentar conocimientos en lo que viene siendo tu ocupación profesional, afición o hobby, en mi caso el mundo del vino.

Hay lugares, momentos o situaciones que te abren los ojos de forma repentina y te hacen comprender lo que antes era incomprensible.

Yo mantengo, más bien mantenía, una duda severa sobre los precios de los vinos de la remota y recóndita D.O.Q. Priorat, allá en la profundidad rural de Tarragona, donde nadie piensa que hay zonas rurales y nuestra mente viaja por hoteles y bloques de apartamentos atiborrados de extranjeros y playas llenas de gente de color rosa chicle.

Pues no, amigos, en Tarragona no sólo hay playas y hoteles, también hay agro, campo, huerta, olivar, almendral y viñedo. Y misticismo, mucho misticismo.

UN POCO DE HISTORIA (os lo juro, sólo un poquito)

Ni Alfonso II el casto, ni los dos monjes cartujos viajeros que visitaron la zona a finales del siglo XII, como consecuencia del ofrecimiento que hizo aquel a la casa madre de la comunidad cartuja, sita en la Provença francesa, para que éstos se establecieran de forma permanente en el territorio. Como digo, ni el uno ni los otros tuvieron nunca la sospecha de que el vino que saliera de aquellas tierras se iba a vender a 1.700 € la botella siglos después. Por supuesto, éste es un planteamiento muy simplista, y a través de mi relato trataré de revelar lo que es comprensible para mí de todo este embrollo y lo que no.

Y hete aquí que “en corriendo” el año del Señor de 1.194 se fundara el primer asentamiento cartujo en la península y se plantaran los cimientos de la actual vitivinicultura en los dominios del Prior (cacique, recaudador y señor del territorio conocido como Priorat, mucho más extenso antaño que hogaño), en un paraje conocido como Scala Dei, porque según los lugareños en la zona, junto a un pino enorme se aparecía una escalera por la que bajaban y subían los Ángeles del Cielo, Scala Dei, a los pies del Montsant.

UN VIAJE POR EL TIEMPO

Supongamos que me llamo Ricard, que vivo en el Priorat y soy agricultor. Yo vivo de lo que me da el campo, veamos, olivas, almendras y uvas, productos que vendo, o mejor dicho entrego gratis en forma de diezmo a los cartujos recién instalados en Scala Dei, además de un huerto que sirve para autoabastecerme de verduras, y un corral con animales de granja.

Con lo sobrante del diezmo hago aceite y vino, y además vendo las almendras y otros productos de la huerta y el corral en los mercados de la comarca, que desde hace poco es del dominio del Prior de la Cartuja, y que por eso llamamos priorat. Estoy a finales del siglo XII, año 1.194.

Hasta finales del siglo XIX he llevado una vida muy austera, apenas tengo dinero para sobrevivir y gracias a Dios que los diezmos dejaron de pagarse, aunque ahora tengo que pagar otros impuestos a los caciques de la zona que me presionan constantemente. Me temo que no dejaré de ser pobre nunca.

Para colmo de males ha llegado un bicho que se come literalmente el viñedo y la poca producción que tengo de este vinillo mediocre la he perdido para siempre. El viñedo está arruinado por algo que se llama filoxera. Dicen que está atacando al viñedo por todo el mundo, pero a mí eso no me importa, sólo me importa lo que me pasa a mí, y aunque dicen que la solución está en hacer un injerto en otro pie de planta más fuerte, yo ya estoy cansado de esta vida tan jodida después de 8 siglos. Me largo a Barcelona, que piden mano de obra para las nuevas fábricas de textiles y dicen que se gana una pasta. Adiós a esta vida tan dura.

Y Ricard se larga para la capital, a caballo entre los siglos XIX y XX. Se lleva a su mujer y a sus hijos y abandona las tierras del Priorat. De todas formas Ricard siente que es un hombre con suerte porque gracias a Dios tiene unos ahorrillos para afrontar el viaje y los primeros meses de estancia en Barcelona o en la cercana Reus, tierra de oportunidades. Peor están el Pere y el Josep que no pueden escapar de aquí por falta de medios.

Sigamos suponiendo y viajando por el tiempo.

Estamos a mediados del siglo XX, Ricard ha vivido una guerra civil brutal en la que ha perdido familiares y muchos amigos; aquel prometedor viaje a la capital ha sido una decepción, nunca ha dejado de ser pobre, ha perdido la salud y gran parte de su familia y amigos.

Sin embargo los nuevos hábitos de vida y el desarrollismo de los años 60 le permiten tener un pisito ínfimo, un 600 y una pensión de risa por trabajar como un burro durante 50 años. La decisión está tomada, volverá al pueblo. A Gratallops. Allí se retirará del mundanal ruido, retomará las actividades en la huerta y en el viñedo, pero eso sí, de forma muy tranquila y pausada. Y Ricard se vuelve al pueblo de Gratallops con su esposa dejando a sus hijos trabajando en la capital.

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Una vista de Gratallops

Gratallops es el Sky-Line más emblemático del Priorat. Y a Ricard se le van saltando las lágrimas a medida que va entrando al pueblo. Recupera su casa en el centro del pueblo y las tierras que dejó cuando llegó la maldita filoxera, viñedo, olivar, almendral y huerto con corral.

El viñedo sigue siendo un calvario para Ricard en forma de trabajo, las laderas (costers) son empinadísimas, sólo se puede entrar a trabajarlo a pie y en el mejor de los casos, con un mulo. Y eso que el vino es una verdadera mierda, con perdón. Pero eso a Ricard le da igual, es su vino, su viñedo, que es viejísimo y de escasa producción y a él le encanta esa sensación.

Estamos en los tiempos de las primeras cooperativas y Ricard se asocia con el Pere y el Josep y otros 20 vecinos de Gratallops y empiezan a elaboran la mayor cantidad posible de vino y aceite en las bodegas de la nueva cooperativa. En los bajos de su casa Ricard mantiene la vieja bodega para ir elaborando de forma casera lo sobrante en forma de vino blanco, tinto, dulce e incluso un vermut que está realmente rico.

Estamos llegando al meollo de la cuestión.

Corren los primeros años 80. La tecnología va llegando a las cooperativas y éstas se encargan de hacer la mayor cantidad de vino a machamartillo, mezclando uvas de no importa qué variedad ni parcela ni edad del viñedo. Se hace el vino al grito de “TÓ P’DENTRO”. Lo que importa es siempre la cantidad y nunca la calidad.

Hasta que llegaron unos hippies rebotados de Rioja, con ideas nuevas pero muy arriesgadas para la mentalidad de un paisano prioratí (gentilicio del Priorat). Los viticultores de la comarca no están convencidos de un cambio de rumbo hacia la calidad dejando de lado la cantidad, y menos viniendo de un hippie y un bon vivant. Qué sabrán éstos de vino. Hasta que empezaron a pagarles la uva a 4 €/kg frente a los 0,20 €/kg de la cooperativa. Eso sí, tendrán que hacer las

cosas como ellos dicen, viticultura ecológica de mínimos rendimientos. De cada planta como mucho 1-2 Kg de uva, pero apabullantemente seleccionada.

Cuando el gurú americano probó el vino del Priorat y lo puntuó al máximo, todas las miradas se volvieron hacia allá, y empezaron a llover los pedidos desde todos los puntos del planeta. Ricard no podía entender lo que estaba pasando, sólo sabía que su vida estaba por fin mejorando y que podía traer a sus hijos y nietos al pueblo para iniciarse en el negocio del vino, llevar una vida tranquila y desahogada, y disfrutar de sus últimos años de vida entre los que realmente le quieren, su familia y sus amigos del pueblo.

De aquellos maravillosos 80 a ésta década del siglo XXI han pasado 30 años y los vinos del Priorat se han convertido en vinos prestigiosos y muy apreciados en todo el orbe. No hay más que darse un paseo por los pueblos de la comarca para entenderlo. Lo que verás por aquellas laderas imposibles se llama viticultura heroica. La palabra lo dice todo: pequeñas terrazas de licorella (pizarra), laderas inclinadísimas (costers) y rendimientos mínimos provocan precios altos y por ello, alegría entre los viticultores y gran pena en los pobres amantes del vino, que con nuestros sueldos sólo aspiramos a sujetar la botella con nuestras manos y suspirar profundamente.

Gracias a Dios esto no es del todo cierto. No alcanzaremos nunca las botellas de precios desorbitados, pero a partir de 8 € encontramos grandes, interesantes y placenteros vinos del Priorat. Ánimo y ¡A POR ELLOS!

Ah, hoy en día Ricard vive bastante bien gracias al viñedo (le siguen pagando la uva muy requetebién) y a su trabajo normal, además tiene una casita rural preciosa en Gratallops (esto es real, la casa se llama http://www.capmaspriorat.com ) en medio de un viñedo, usado para hacer uno de los grandes vinos del Priorat (me reservo la marca) donde he pasado unos deliciosos días esta pasada Semana Santa, culturizándome y aprendiendo un poco de este maravilloso mundillo del vino.

Nota: la comarca del Priorat contiene tres D.O. a saber:

-D.O.Qa. Priorat (vinos)

-D.O. Montsant (vinos)

.D.O. Siurana (aceites de oliva)

En los mapas aparecen de la siguiente forma:

Primero está el mapa de Cataluña con la ubicación exacta de la comarca del Priorat.

En el mapa grande aparecen las D.O.s, rosa oscuro Priorat, y rodeándola Montsant.

También aparece en ese mapa el pueblo de Siurana arriba a la derecha, delicioso pueblecito medieval donde los aficionadas a la escalada están en su salsorra.

Otra nota: los hippies eran René Barbier y Alvarito Palacios (guaperas y bon vivant)

El Autor: Fernando Rastrilla. Experto y estudioso en vinos. Catador en varias mesas de cata. Miembro fundador de la Sociedad de Cata BACCHUS.

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Una cata singular en la que se han catado dos variedades, y hasta una tercera si añadimos el vino dulce, con vinos procedentes de diferentes lugares de elaboración. Así, los blancos procedían de Alemania, con una muestra muy interesante de vinos Riesling, hechos en bodegas interesadas en ofrecer vinos singulares, instaladas en diversos lugares del país.

Los tintos seleccionados, (4 en total), procedentes de Australia, Sur Africa, y los de “casa” de Alicante y Ciudad Real, han deparado a la mesa de cata una interesante confrontación de vinos de la familia Syrah/Shiraz. Y dejando de lado los gustos personales de cada catador, han ofrecido una interesante confrontación.

El vino dulce elaborado por Juan Cascant, enamorado de su labor de hacer vinos “de montaña” con el esmero que pone en ello, también ha proporcionado un satisfactorio cierre de la cata.

LA SERIE DE LOS VINOS BLANCOS – RIESLING

IMG_4893Abre la cata un Kabinett 2009, procedente de vñas viejas y de la zona de Mosela abrió la cata. Vino de “montaña” (70% desnivel), con suelos de pizarra, destaca su frescura, buen balance dulce-acidez, tonos minerales, carácter dulce muy agradable y grato paso de  boca. Le sigue otro vino del Mosela: Un Spätlesse del 2011, Trocken, bodega Barzen. Bien presentado; tonos frutales y florales; limpio en nariz y buena intensidad aromática. En boca se amplía la fruta a recuerdos tropicales, algo de menta; carácter mineral y un tono dulce muy grato en la boca, con intensidad en el paso por ella.

Le sigue un Trocken, seco del 2013, de la bodega Hermann Dönhoff, de la zona de Nahe. Bien presentado en el examen visual; con nariz de fruta blanca y ligeros tonos florales. Buen comportamiento en la boca, fresco, equilibrado y con buen cierre en el final de boca. Y concluye la serie con un riesling de Mosela, elaborado por Heymann-LÖwenstein, de Winnige, que sigue la línea de sus congéneres anteriores, aunque aporta algunas diferencias agradables.

Calificaciones: Todos alcanzaron el NOTABLE, con 87 puntos para el primero y el segundo; 86 para el tercero y 90 para el cuarto.

SERIE DE LOS VINOS TINTOS – SYRAH/SHIRAZ

IMG_4877El Parker 2012 australiano de un rojo oscuro, bien presentado, con aromas de frutas rojas, algo especiado, madera, con intensidad media. En boca muestra una conjunción armónica entre acidez, taninos y alcohol (14,5%), con buena estructura. Buen paso de boca. NOTABLE. 87 p.

El Luddite surafricano muestra una amplia gama de aromas  en nariz y boca. Un vino con amplia paleta de aromas, llamativo, intenso y con buen comportamiento en boca: madera, taninos bien tratados, denota la variedad y cierra muy bien en el final de boca. EXCELENTE. 91 p.

A semejante nivel se expresa el Vallegarcía, de Ciudad Real; Bien presentado, muy nítido y complejo en la nariz, por su riqueza aromática. En boca es muy grato: frutas rojas; madera integrada; taninos suaves que aportan estructura; intensidad y bien final de boca.  EXCELENTE. 91 p.

Cierra la serie Enrique Mendoza con buena presentación; muy madura en la fase olfativa, con notas minerales, además de notas balsámicas y especiadas. En boca es agradable y fácil de beber. A pesar de que es el más “modesto” de la serie, ha presentado muy buena cara frente a los anteriores, al nivel de buenos vinos que elabora la bodega. NOTABLE. 90 p.

EL VINO DULCE

clm-dolc1-1Dolç Natural. 2012, elaborado por Juan Cascant, de Celler La Muntanya, en Muro d’Alcoi. Alicante. Alc.: 15,5% vol. + 92 gramos azúcar /litro. Variedad: Malvasía. Crianza 10 meses. Su autor señala que la elaboración actual de este vino sigue el modo ancestral, al que se han añadido nuevos conceptos y tecnología moderna. Gustó a los catadores con un EXCELENTE, con 92 puntos de media.

 

 

Detalle de los vinos de la Cata: ¡Click! >: CATA. G-III. Marzo 2016

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images-1No se puede pedir más. El balance de la cuarta edición del Concurso Garnachas del Mundo, que por primera vez en su trayectoria salía de Perpiñán, no puede ser más satisfactorio para nuestra comunidad autónoma. Primero, porque las bodegas aragonesas arrasaron literalmente y se quedaron con 29 medallas de oro de las 82 que se repartieron entre los 576 vinos participantes. También obtuvieron 10 medallas de plata y ocho de bronce. Pero, además, hay que destacar que la organización del certamen rayó la perfección. A ello contribuyó destacadamente el escenario donde tuvo lugar el acto central de la convocatoria, la cata de las muestras de vino participantes por parte de los 80 jueces de 11 nacionalidades.

El refectorio del monasterio, perfectamente acondicionado e iluminado, fue un marco sobresaliente para una convocatoria en la que la D. O. Campo de Borja ha echado el resto, dejando el nivel a una altura difícil de superar. Será un reto para los vitivinicultores de Cerdeña, que serán quienes organizarán la edición del año que viene, pues se va a seguir con la política de itinerar por las regiones productoras de esta uva tan aragonesa.

Fabrice Rieau, presidente de los Vinos de Rousillon, la D. O. francesa donde nació el certamen y que también ha participado en la organización del celebrado en Aragón, calificó la convocatoria de «fantástica y espectacular», congratulándose del éxito que ha supuesto exportar el concurso a otras regiones.

Este buen sabor de boca y la labor de promoción previa que han llevado a cabo los organizadores en distintas ciudades de España y del extranjero contribuirán sin ninguna duda a que los vinos de esta variedad de uva tan de moda en el mundo se conozcan cada vez más entre los expertos y entre los consumidores.

Nada más llegar, a primera hora de la mañana, al recinto de Veruela en dos autobuses desde Zaragoza, los jueces quedaron impresionados por este conjunto histórico artístico. Tras tomar un café se acomodaron en sus respectivas mesas para catar y valorar las muestras que fueron llegando, como es normal en este tipo de catas ciegas, con las botellas tapadas. La cata había despertado una gran expectación como quedó patente en el continuo trasiego de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión que se registró a lo largo de toda la mañana, sin que ello alterara la concentración de los catadores, entre los que había técnicos y enólogos, bodegueros, sumilleres y críticos y periodistas especializados. También acudieron responsables políticos y administrativos, como Gustavo Alcalde, delegado del Gobierno en Aragón; Feliciano Tabuenca, diputado delegado del monasterio, y alcaldes, concejales y responsables comarcales de la zona.

Tras la comida, los jurados fueron llevados a visitar la catedral de Tarazona, desde donde se desplazaron a Zaragoza para descansar antes de acudir a la Noche de las Garnachas.

thumb-1LA COMPETICIÓN. En lo que respecta a la competición, los comentarios de los jueces coincidían en valorar el alto nivel de los vinos participantes, entre los que había blancos elaborados con garnacha blanca, tintos jóvenes, crianzas, reservas y vinos dulces.

En el medallero aragonés, la Denominación de Origen Cariñena fue la zona que más oros acaparó, con 12 distinciones, seguida de las denominaciones de origen Calatayud y de Campo de Borja, con siete medallas de oro cada una. Somontano solo se lleva una medalla con La Miranda de Secastilla Blanco 2013, vino elaborado con uvas de garnacha blanca en los viñedos de Secastilla, al norte de la zona elaboradora. Para la Indicación Geográfica Protegida del Bajo Aragón se han ido otros dos metales dorados.

Comparativamente a la edición de 2015, la mejora de las bodegas aragonesas es más que notable, ya que el año pasado se trajeron de Perpiñán 9 medallas de oro, 14 de plata y cuatro de bronce.

La satisfacción es completa y es de esperar que el futuro siga trayendo más éxitos al mundo vitivinícola aragonés, que está trabajando mucho y bien por conseguir cada vez mayor penetración en los mercados internacionales, con el apoyo de otros importantes escalones como Aragón Exterior y la Asociación Garnacha Origen, en la que participan las cuatro denominaciones aragonesas y la catalana Terra Alta. Desde ayer cuentan con nuevos argumentos para extender por el mundo el imperio de la garnacha.

Consulta aquí el palmarés completo del concurso.

Fuente: El Heraldo.

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Conjunto de los vinos de la cata

SERIE DE LOS VINOS BLANCOS

IMG_4873Vinos elaborados con diferentes uvas, y distantes unos de otros sus lugares de origen. El txakolí de Bakio bien presentado, aromas de fruta blanca en nariz, y en boca ofrece, además, cierta complejidad con buen final de boca. NOTABLE, con 87 p. Los demás, Albariño de Rías Baixas; Pansá de Alella y Sauvignon Blanc de Navarra están bie  presentados, frutales en nariz y en boca (algo corto el Pansá) y con buen comportamiento en boca, aunque no ofrecen mayor singularidad. El Orchidea de Inurrieta en su línea habitual aunque da la impresión de que este 2015 está a un nivel más bajo que sus anteriores cosechas.

Tres buenos vinos calificados como tales (MUY BUENOS), con 85 puntos los tres.

SERIE DE LOS VINOS TINTOS

IMG_4874Llama la atención el vino Bluegray, del Priorato, bien presentado, notable en nariz y gustosos en boca con tonos vinosos, madera integrada y suaves taninos. NOTABLE, 90 p. El Viñas del Cámbrico está bien en nariz, desarrollado en la boca y buen cierre de boca. También NOTABLE con 86 p.

Gratos los dos vinos restantes, garnacha del Ampurdán y mencía del Bierzo, con buenos tonos frutales, taninos agradables, intensidad en ambos, aunque es más notable en la mencía. Calificados como MUY BUENOS, con 83 para el primero y 85 para el segundo.

 

VINO  DULCE

IMG_4875Un clásico de los vinos generosos dulces de Jerez: Solera 1847, Cream, de González Byass. Correcto en su sencillez, con tonos de pasas aportados por el “zumo” de la Pedro Ximénez. Se bebe con gusto y acompaña al postre de pastelillos de manzana. NOTANLE. 90 p.

 

Detalle de los vinos de la cata: >¡CLICK! >: Cata. G-IV. Marzo 2016a

 

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