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Archive for the ‘Comercio del Vino’ Category

Ahora el vino español no se vende como siendo una imitación de los franceses sino como siendo vino típico español aunque tenga paladar francés debido al uso de variedades francesas, camuflándolo dentro de una DO de un vino típico español.

 

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¡Cuando en 1976 me hice cargo de la exportación de Freixenet el sector del Cava exportaba solo 3 millones de botellas, cuando el espumoso italiano DO Asti exportaba 60 millones!

Insistiendo en que el Cava no era una imitación del Champagne ya que entonces se producía exclusivamente con variedades autóctonas, conseguí que el precio medio del sector subiese de 50 PESETAS la botella en 1975 a 164 en tan solo 6 años y con un precio más razonable, Freixenet que en 1972 había exportado sus primeras 50 cajas a Estados Unidos, en 1984 fuera líder en ese país de todos los espumosos incluyendo el Champagne y en 1985 líder mundial excluyendo el Champagne, bien como la bebida española más exportada.

Ahora el vino español no se vende como siendo una imitación de los franceses sino como siendo vino típico español aunque tenga paladar francés debido al uso de variedades francesas, camuflándolo dentro de una DO de un vino típico español. ¡Es como si una DO garantizase que un CROISSANT producido en Mallorca es tan típico de esa isla como la ensaimada!

Este engaño disgusta al consumidor, que deja de confiar en las DO españolas que siguen siendo anárquicas como publicó la Master of Wine Jancis Robinson en el 2004. Los italianos no mezclan vinos típicos con los que no lo son dentro de una misma DO y gracias a no crear confusión al consumidor en el 2015 exportaron 1.600 millones de botellas al precio medio de € 2,47 mientras que España, con sus DO anárquicas solo 1.000 millones a € 1,53

Mientras las DO españolas no dejen de crear confusión al consumidor el vino español se tendrá que exportar, en gran parte, a granel a bajo precio.

¡Al Consejero de Agricultura de la Embajada de España en Paris no le parece mal que el vino español se exporte a 32 céntimos el litro y dice que si Francia lo exporta a 70 es porque ha perdido competitividad! ¿Ignora que ni a España ni a Francia les conviene exportar al precio más bajo posible sino al más alto? La vinicultura francesa es mucho más competente que la española: en el 2015 exportó 1.353 millones de botellas a € 3,69 mientras España solo 1.000 millones a € 1,53 ¡Las DO francesas garantizan un vino peculiar lo que les da prestigio, mientras muchas de aquí no!

¿Cuándo todas las DO españolas cumplirán lo establecido en el reglamento CE 607/2009 de la Unión Europea que exige a las DO preservar la PECULARIEDAD de sus vinos? La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) ha publicado que los Consejos Reguladores tienen excesivo poder y plantea redefinirlos, recordando que las DO nacieron para proteger la producción diferenciada.

El problema es que muchas DO piensan que eso significa que sus vinos tienen que ser diferentes entre sí y pueden ser iguales a los de otras DO, cuando es precisamente lo contrario. Por ejemplo: un vino hecho con cabernet en la DO Navarra es muy diferente a uno hecho con Garnacha en la misma DO e igual a uno hecho con cabernet en la DO La Mancha o en Sudáfrica. ¡¡¡La DO Navarra es una de las que no cumple el reglamento CE 607/2009!!!

FUENTE: Manuel Durán. VINETUR. Agosto 2016

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Corren tiempos en los que muchos productos alimenticios, y entre ellos el vino, reciben tratamientos que no son siempre adecuados para el vino de que se trate, ni están amparados por las leyes que regulan el so de agentes exógenos. ¿Cómo es posible que determinados vinos se vendan en los establecimientos de alimentación a precios que oscilan entre 1,50 y 2,50 euros? Vinos que en ocasiones llegan desde enormes distancias que el “vino” recorre, sin que el consumidor repare en que los costes de vidrio, tapón, etiquetado, bozal, además del envase en cajas y paletizado, el transporte, los costes propios de la fabricación, el normal beneficio, los  gastos de distribución, etc., acaban por “comerse” el costo del producto, de donde uno se pregunta por el contenido de las botella. Un producto de ínfima calidad, maltratado por toda la cadena desde el elaborador hasta quien la pone a la venta en el “lineal” correspondiente.

Por eso me ha llamado la atención el siguiente artículo que entresaco de “Vino Venidero” escrito por Marcela Riera. Y deseo aclarar que las prácticas que se indican no se extienden a toda clase de vinos. Nada más lejos de la realidad. En el mundo del vino hay una amplia gama de calidades de vinos: Desde los más baratos, que no han de ser necesariamente malos, hasta los más excelsos y más caros. Por fortuna en nuestro país hay mucha más gente honesta haciendo vino, que deshonesta. Y la legislación establece las prácticas legalizadas y las que no. Y cada día hay más bodegueros que se esfuerzan en mejorar sus elaboraciones. Pero si entre 12 apóstoles hubo un Judas… ¡seguro que en el mundo del vino también los hay!

La organización internacional de la viña y el vino (OIV) define vino como “La bebida resultante de la fermentación alcohólica completa o parcial de la uva fresca, estrujada o no, o del mosto de uva. Su graduación alcohólica adquirida no puede ser inferior a 8,5% vol”.

Según esta definición, parece claro lo que podríamos encontrarnos “dentro” de una botella.

Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. El vino debe fermentar, hay además que filtrarlo para obtener un aspecto más brillante y llamativo, lo mismo sucede con su color, el grado alcohólico, taninos…son muchos los factores que influyen en un vino y muy diversos también los caminos para lograrlos y hoy queremos hablar de ellos.

Almidón de trigo, SO2, Fosfato biamónico, Perióxido de hidrógeno, E-211, E-170i, E-501ii, E-353, E-336i, E-414, E-270, E-296 son algunos productos que podríamos encontrarnos en las etiquetas de algunos vinos de ser obligatorio detallar todos los aditivos empleados en su elaboración.

Espesantes, colorantes, aromas, edulcorantes, estabilizadores, antioxidantes, acidificantes o desacidificantes se usan mucho más de lo imaginado o deseado.

Los gustos comerciales o las exigencias de las diferentes Denominaciones de Origen obligan o empujan a muchas industrias a optar por corregir los denominados “defectos” del vino con el empleo de multiples productos enológicos y/o químicos.

Excesiva acidez, “problemas” con el color (tanto oxidación como coloración), que no se haya iniciado o completado la fermentación malolactica, un vino turbio, carencia de determinados aromas “más de moda” o el uso de uvas botritizadas (podridas, afectadas por mohos u hongos) son remediados, por aquellos que los consideran defectos, con productos enológicos o químicos.

La viticultura respetuosa se ha caracterizado por rechazar el uso de este tipo de productos; centran sus esfuerzos en el trabajo en la vid, en la vendimia y en la elaboración para evitar, por ejemplo, problemas como los generados por las uvas botritizadas: la vendimia manual o la mesa de selección son los “filtros” empleados para desechar estas uvas evitando, como en otros tipos de viticultura en los que todo vale a la hora de cosechar, el posterior empleo de preparados enzimáticos con actividad ß-1,3-1,6 glucanasa.

La industria subsana problemas y “defectos” dotando además al vino de una uniformidad cada vez mayor de manera deliberada para que responda a unas mismas características, añada tras añada, independientemente, por ejemplo, de las singularidades que confieren las condiciones climatológicas: igual grado de acidez, igual color, mismo grado alcohólico, mismos gustos en boca y en nariz…. Responden así, dicen, al gusto del consumidor o a las exigencias de unas D.O.s que regulan los parámetros de cada tipo de vino. Muestra del volumen de mercado que supone el empleo de este tipo de aditivos, son las numerosas empresas que fabrican o comercializan un amplísimo catálogo de productos enológicos o químicos para la elaboración de vinos: enzimas, aditivos, reactivos o levaduras.

Aceites, colorantes, conservantes o aditivos

Para la industria alimentaria la obligación de detallar en el etiquetado la adicion de aditivos o edulcorantes supuso una revolución. El consumidor se volvió más exigente, por ejemplo, con el tipo de grasas empleadas en la elaboración (saturadas, monoinsaturadas y poliinsaturadas), optando raíz de esta medida por aquellos que emplean aceite de girasol en lugar del aceite de palma con alto contenido en grasa saturada, responsable del un mayor aumento del nivel de colesterol en sangre.

El consumidor se hizo así cada vez más exigente a la hora de seleccionar productos, evitando determinados aceites, el uso de colorantes, conservantes o aditivos de los denominados con la letra E-.

En el caso del vino, esta acción no es posible ya que el etiquetado carece de dicha información. La legislación referente al etiquetado alimenticio se hace cada vez más exigente, sin embargo, no en el vino, excluido de la misma en la Directiva 2000/13/CE del Parlamento Europeo y del Consejo de 20 de marzo de 2000 (art.6.3). Lo único que se le exige a los vinos es que indiquen la presencia de sulfitos (si su uso es superior a 10mg/l pero sin indicar la cantidad empleada. La OMS sitúa la cantidad máxima diaria aconsejable en 0,7mg/kg peso corporal) u otros ingredientes que puedan provocar alergias o intolerancias (huevo y derivados empleados en el filtrado).

Desde la entrada en vigor de las leyes que obligan a detallar las composiciones y valores nutricionales de los alimentos, los productores, movidos por las exigencias de un mercado cada vez más selectivo, tiende a reducir los parámetros menos beneficiosos (como la sal, o los conservantes) preocupándose por incluir aquellos más favorables (por ejemplo la fibra).

Del mismo modo que en unas galletas los valores de grasas saturadas son muy dispares, un etiquetado detallado de la cantidad de sulfitos en el vino arrojaría datos con valores muy distantes entre diferentes vinos: un vino industrial dentro de una D.O. podría detallar valores hasta de 200 mg/l, mientras que un vino de viticultura respetuosa situaría éstos en torno a los 50 mg/l.”

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La reconversión varietal está hecha y tiene productos de reconocida calidad internacional, pero padece los avatares de la macroeconomía. Apuesta a otras reglas de juego.

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Debiera ser tiempo de cosecha y crecimiento para la vitivinicultura nacional, para ello se apostó fuerte en la última década. Sin embargo el panorama es bastante distinto a lo planificado y sólo se aprecian caras largas y velados reclamos entre los distintos actores de la actividad.

Hoy el sector vitivinícola argentino hace agua por todos los frentes producto de las condiciones imperantes en la macroeconomía, las que lo fueron acorralando hasta restarle toda posibilidad de rentabilidad y expansión.

Esta actividad productiva lleva más de una década de profundo recambio en el campo y en su infraestructura bodeguera, con inversiones de magnitud para modernizarse en todo sentido, pero en la actualidad se encuentra privada de desarrollar todo su potencial, al igual que ocurre con la mayoría de las economías regionales del país.

Una de las apuestas realizadas por el sector fue una impresionante reconversión de varietales. Entre el año 1990 y el 2015 la vitivinicultura argentina arrancó 66.670 hectáreas implantadas con variedades de poco valor para el mercado y para los desafíos que planteaba un nuevo consumidor de vinos a nivel mundial, que comenzaba a perfilarse como más selectivo y dispuesto a pagar más por productos de calidad.

De acuerdo con el último informe sectorial elaborado por la División Vinos del Banco Supervielle, la variedad que más sufrió la embestida renovadora fue la Criolla Grande, de la que se extrajeron 20.560 hectáreas en el país.

En orden de importancia le siguieron la Cereza (-13.494 hectáreas); Pedro Giménez (-9.037 hectáreas) y Moscatel Rosada (-8.586 hectáreas).

tourdebodegaenclosdelossiete_0En el mismo período se apostó a variedades vitícolas de mayor presencia y demanda entre los consumidores. Es así que se plantaron 77.760 hectáreas de nuevos varietales, en su mayoría uvas tintas y ya con una fuerte apuesta por el Malbec, que en estas tierras encontró el ambiente ideal para un desarrollo diferenciado del que logró en el resto del mundo.

Esta variedad emblema de la vitivinicultura argentina creció en 28.847 hectáreas en los últimos quince años y fue acompañada por el Cabernet Sauvignon (+13.390 hectáreas), el Syrah (12.314 hectáreas) y Bonarda (+7.179 hectáreas).

La variedad Malbec, dice el informe del Supervielle, fue la impulsora de este cambio profundo en el sector ya que en el 2011 pasó a liderar la superficie plantada en Argentina, con 39.000 hectáreas, luego de haber pasado por un fuerte proceso de erradicación en la década del 80 por las bajas cotizaciones que tenía esta uva para vinificar.

Luego del Malbec, la mayor expansión como se indicó fue para el Cabernet Sauvignon, anteriormente considerada la cepa más atractiva a la hora de decidir inversiones en materia vitivinícola.

El avance del Syrah se asentó básicamente en dos cuestiones principales. La primera de ellas fue el auge de este varietal en los mercados mundiales, de la mano del éxito exportador australiano, y la segunda era la posibilidad de tener diferimientos impositivos, especialmente en la provincia de San Juan, donde este varietal se adaptó muy bien.

Por último, la variedad Bonarda, que supo tener largas épocas de desprestigio ya que estaba relacionada con la elaboración de productos de baja calidad y poca aceptación en el mercado, recuperó su esplendor y se posicionó en lugares de privilegio nuevamente debido a su adaptación para cortes de vinos, especialmente con Malbec, y sus elevados rendimientos en ciertas regiones productivas.

Cambios en el mapa vitivinícola

El cambio del tipo de uvas que experimentó la Argentina coexistió con otro de gran magnitud que fue la tecnología de riego, que expandió la superficie en zonas agroecológicas muy aptas donde no era posible la irrigación tradicional. Así la vitivinicultura argentina comenzó a “mudarse” a zonas de altura o regiones donde la amplitud térmica y los suelos permitieron el desarrollo de variedades que expresaron mayor calidad en uvas demandadas en los mercados internacionales.

Las tres provincias de mayor expansión de superficie entre el 2001 y el 2013 fueron Mendoza, Neuquén y Salta.

En el caso de Neuquén, la más nueva de las regiones vitícolas del país, se expandió de la mano de inversiones privadas con apoyo financiero promocional del Estado y gracias a condiciones agroecológicas diferenciales por la latitud, la exposición al sol y la presencia de vientos durante el año.

Aquí adquirió fundamental importancia la producción de varietales tintos como el Malbec, que logró una especial adaptación y diferenciación. También es notable la plantación e impulso que tiene el Pinot Noir para la producción de vinos tranquilos. Gran parte de la expansión de este varietal se dio en esta región.

El precio de las uvas para vinificar

Con muy bajo porcentaje de operaciones de compra-venta de uva registradas hasta el momento en la actual temporada, se puede observar claramente una tendencia de los precios de la uva en la temporada 2015. Nominalmente para el promedio global se observa un 35% de disminución, aunque esta caída está muy influenciada por las uvas rosadas. En el caso de las variedades tintas, los precios de esta temporada se ubican un 2% por debajo y las blancas un 11%. Corregidos los valores nominales por inflación, la caída total se ubica en el 36%. Se trata de uno de los peores registros de precios en los últimos quince años.

Como indicó “Río Negro Rural” en su edición del 11 de julio pasado, los pequeños y medianos productores vitivinícolas regionales no escaparon a las generales de la ley y padecieron en carne propia el desajuste y atraso que hay en los precios para la uva.

Según dijeron, en el mejor de los casos obtuvieron 3,50 pesos por cada kilo de uva Malbec entregado, siendo este un producto de calidad premium surgido de viñedos de alrededor de 70 años de edad. Los valores que recibieron los productores locales fueron similares a los obtenidos el año pasado e incluso en temporadas anteriores.

En un escenario inflacionario se hace evidente la pérdida de rentabilidad o, peor aun, se produce a costos superiores a los retornos obtenidos, una ecuación que atenta contra el desarrollo de la actividad.

Como se puede apreciar en los cuadros adjuntos, el precio promedio para las uvas tintas obtenido este año fue de 341 pesos por quintal, es decir 3,41 pesos por kilo. En términos nominales, este valor fue superior solamente al alcanzado en la temporada 2002, que fue de 3,20 pesos por kilo. Pero, deflactado por inflación, se obtiene un valor real de venta de 78 centavos por kilo este año contra los 6,80 pesos por kilo obtenidos en el 2009. Es decir que en las últimas seis temporadas el precio promedio pagado por el kilo de uva tinta al productor se desmoronó un 88%.

Algo similar ocurrió para las uvas blancas, que en el 2009 se pagaron 4,5 pesos el kilo y el valor real promedio obtenido este año fue de 46 centavos.

Desde el 2010, la cotización promedio del total de uvas para vinificar ha caído consecutivamente y la falta de rentabilidad promedio de la producción de uvas es generalizada, ya sea que se trate de uvas para vinos básicos de bajo precio o para varietales de media y alta gama, sostiene el trabajo del Supervielle.

Esta situación influye negativamente tanto en el precio actual de las propiedades como así también en la tasa de inversión. Un efecto no deseado y de gran impacto en la competitividad de los próximos años será la baja inversión en mantenimiento y la consecuente pérdida de calidad de las uvas, que pueden afectar el abastecimiento de vinos en calidades demandadas y dinámicas como son las categorías premium.

Tendencias de consumo

La actividad vitivinícola no sólo tuvo que lidiar con las pobres condiciones que le ofrecía la macroeconomía a nivel local, sino también con un fuerte cambio en las tendencias de consumo de la población. Pese a que en la Argentina se bebe más alcohol, el vino es uno de los productos que perdió más terreno.

Es por ello que ahora se busca captar consumo joven apuntando a las preferencias que tiene este segmento sobre lo que bebe, fundamentalmente productos con menos alcohol y con mayor grado de dulzor (ver recuadro).

Las disposiciones que se han tomado en la materia buscan sacarle clientes a la cerveza, cuyo consumo creció casi 40% en la última década y llegó a 44,5 litros por habitante al año.

El consumo de vino actual se ubica en 23,7 litros por habitante al año, mientras que la bebida que se viene posicionando fuerte es el fernet. Sólo en los últimos dos años su consumo aumentó un 30% y ya es la bebida preferida de al menos un cuarto de la población argentina, unos 10 millones de consumidores.

FUENTE: RioNegro.com.ar. 20 agosto 2015

http://www.rionegro.com.ar/diario/el-sector-vitivinicola-aguarda-un-guino-para-resurgir-7887956-10942-notas.aspx

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Vinos tintos de Lambrusco

Primero tuvimos que apechugar con los vinos “sin alcohol”, que ya son ganas de malmeter llamando vino a un líquido desalcoholizado, cuya esperanza de mercado más notable era la gran masa de los discípulos de Mahoma que no prueban ni gota de alcohol.

Desconozco si las bodegas que se dedicaron a producir el “sin” lograron crear un mercado interesante que les permitiera amortizar los gastos de instalación del “invento”. Y dar salida a los vinos menos calificados procedentes de su cosecha. Lo que he podido percibir en mi entorno es que nadie acostumbrado a beber vinos con alcohol, se haya acostumbrado a la falaz bebida del “sin alcohol”.

Después, o al mismo tiempo, no lo se bien, llegó de Italia un vino de muy baja calidad, a precios “tirados”, que por mor del gas que contiene, el sabor dulce y servido bien frío, ha calado en el sector del “fast food” y aún hay que asegura que les gusta. Lo doloroso del caso es que algunos productores italianos avispados ganaron la batalla e introdujeron un vino tan ínfimo que ni siquiera ellos lo beben. Porque, y todo hay que decirlo, en Italia no se bebe ese vino al que yo me empeño en llamar “innombrable”. Este vino no era nada nuevo para los italianos. Lo habían “inventado” para el mercado USA en los años setenta del siglo pasado, como un vino más que pudiera competir con los “wine-color” que por aquel entonces se usaban en los EE.UU. mezclando “colas” o similares, con vinos de baja calidad. Frescos, azucarados y carbónicos les encantaban entonces…. y ahora.

Hace tres años se publicaron críticas a la cadena Mercadona por vender vino Lambrusco envasado en una bodega riojana, práctica que no ha desaparecido pues en otros lugares se hacen prácticas semejantes a partir de vinos blancos de baja calidad, a los que se adcionan tintos de semejante nivel. España es exportadora neta de graneles, y a precios muy bajos (no invento nada; hay estadísticas publicadas), lo que permite disponer de vinos que una vez mezclados, gaseados y azucarados, se les adjudica procedencia italiana, mediante nombres que suenan a Italia y colores que recuerdan los colores de su bandera y que se consumen en nuestro país como si llegaran de la Emilia-Romaña.

Con ocasión de un artículo publicado por mí en la Revista que en su día publicaba la Academia Vasca de Gastronomía, recibí un comentario de un doctor donostiarra, de origen italiano y cuyos padres vivían en el lugar de origen de los vinos Lambrusco. Sus consideraciones respecto al vino que en su patria chica se elabora, terminaban asegurando que “los vinos que se beben en España como Lambrusco, en mi tierra de origen serían considerados como una blasfemia…” dentro el sentido enológico del tema que trataba. Y añadía que en su Italia solo se elaboran vinos tintos, y no blancos o rosados.

Lambrusco es un tipo de uva tinta, a partir de la cual se elabora el vino del mismo nombre. Son originarios de cuatro zonas en Emilia-Romaña y una en Lombardía, situadas principalmente alrededor de las provincias centrales de Modena El uso de esta uva en la industria vitivinícola es muy antigua: hay evidencia arqueológica de que los etruscos la cultivaban y en época romana era muy apreciada por su productividad y alto rendimiento.

Los vinos de calidad están protegidos por la etiqueta de las correspondiente DOC (Denominazione di origine controllata) según la zona de procedencia, aunque para los vinos de baja calidad (ínfima más bien) se expenden bajo la Indicazione Geografica Tipica (IGT).

En pocos días vuelvo sobre el asunto y comento a mis lectores otra historia de ¿falsificación? de otro vino de origen italiano que se elabora en España.

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Tras varias semanas hablando del problema y de posible soluciones que nunca llegan, el secretario general de Asaja de Castilla-La Mancha, José María Fresneda, ha dado un paso al frente y ha abogado por que se haga una regulación de la producción de vino con arreglo a la demanda de mercado “con todas las consecuencias”. “En Castilla-La Mancha no se puede seguir así”, ha advertido, a la vezque considera que “no se puede comparar un vino muy bien calificado con vinos que no tienen ni capacidad siquiera de poder entrar en identificaciones geográficas”. “Ese no puede ser el problema, eso hay que arreglarlo”, ha opinado Fresneda, quien cree que el sector productor tiene un reto “porque el volumen se puede convertir en peligroso”.

      Podría entenderse si el volumen de vino fuera de variedades como tempranillo o syrah, para las que siempre hay mercado, “pero si es de caldos que no dan ni tan siquiera un mínimo, que vayan a destilaciones”, ha reclamado Fresneda.

Dejar de pedir ayudas a la destilación y cumplir las normas de las D.O.

     Pero también ha abogado porque “no se pida dinero para la destilación, que la gente destile o que hagan como en otros sitios, en La Rioja por ejemplo, donde en junio dicen se acabó el riego y no se riega”.

     “Aquí deberíamos ser igual de exigentes, hay que regular el mercado de una manera o de otra, pero ya, las normas están escritas en los consejos reguladores”, ha añadido el secretario general de Asaja de Castilla-La Mancha.

     Por otra parte, sobre los excedentes de vino de la pasada campaña, Fresneda ha dicho: “me suena que ha habido ya alguna operación miserable en esta región de compra de una cantidad importante de mosto a un precio asqueroso y lo hace gente muy representativa del sector”

Denuncia “prácticas asquerosas” que hunden al sector

     Este tipo de prácticas “es lo que hunde también al sector, el no asumir la responsabilidad de que el vino se utilice para beber, para hacer brandy o para hacer mostos, o para enriquecer y si de todo junto hay que hacer diez no podemos producir quince, porque esos cinco de más arrastran a los otros diez”, ha argumentado.

     En este sentido, Freneda ha dicho que Asaja está dispuesta a asumir la responsabilidad en materia de regulación de producciones en sus explotaciones.

      Pero para ello “es fundamental un sitio dónde sentarse”, ha señalado Fresneda, aunque a su juicio: “la interprofesión tal cuál está planteada no va a salir nunca, nunca, nunca, es imposible”.

FUENTE: http://www.agroinformacion.com/ 18.06.2014

 

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Los representantes del sector vitivinícola han dado los primeros pasos para la constitución de una Interprofesional del vino: al día de hoy, se ha alcanzado consenso sobre las finalidades y se han definido los productos que abarcaría; también se ha progresado en la definición de su composición; y, finalmente se ha avanzado en los criterios que se establecerían para el pago de los gastos derivados de su funcionamiento.

El director general de la Industria Alimentaria del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Fernando Burgaz se ha reunido por segunda vez con representantes del sector vitivinícola para seguir avanzando en la constitución de la Organización Interprofesional del Vino Español.

En la reunión, promovida por el Departamento, se ha alcanzado un consenso importante sobre las finalidades de la nueva Organización Interprofesional y sobre las forma de conseguir esas finalidades para las que se crea. También se han definido los productos que abarcaría la Interprofesional y los principales objetivos con los que se constituye. Además se ha progresado en la definición de su composición y en los criterios que podrían utilizarse para justificar la representatividad de las Asociaciones que la integren.

Por último, se ha avanzado en los criterios que se establecerían para el pago de los gastos derivados del funcionamiento de la Interprofesional, así como del procedimiento de cobro que podría establecerse si la futura Organización Interprofesional del Vino Español realiza una Extensión de Norma a todo el sector.

Un poco de historia

El pasado mes de abril, el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente anunciaba su intención de impulsar la constitución de una Organización Interprofesional del Vino, para lo cual el director general de la Industria Alimentaria se reunió con diversos representantes del sector.

La iniciativa respondía al interés expresado con anterioridad por distintos actores del sector que valoraban el papel que una Interprofesional podría jugar como instrumento de vertebración y en la defensa de sus intereses, al dotarle de una visión estratégica, permitiendo el incremento de su competitividad, ante los cambios en la demanda interior de vino y los que supone un escenario internacional continuamente cambiante.

Vendimia en la finca de Bodegas Fillaboa

Vendimia en la finca de Bodegas Fillaboa

 

FUENTE: 21 DE MAYO DE 2014  –  DIARIODEGASTRONOMIA.COM

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Guardo en mi memoria de adolescente el recuerdo de que el primer producto que supe que llegaba de Chile era el NITRATO DE CHILE, que hasta tenía su banderola de anuncio y todo, en cuya imagen aparecía un caballista chileno (nunca dudé que lo fuera), debajo o sobre la leyendas del producto. No tenía muy claro lo que era el “nitrato” ni para que servía, pero como yo veía en mis mapas de geografía que Chile estaba muy lejos, siempre le di al famoso nitrato un “plus” de importante por llegar de tan lejos. ¡Ah! Y también tuve claro que en España no había “nitrato” cuando era necesario traerlo de tan lejos.

Pasado el tiempo ya me percaté de que en Chile había otras cosas, además de los nitratos, y fueron llegando los vinos, las frutas, los pescados, y un largo etcétera. Me parecía innecesario tanto viaje y de tanta distancia, cuando aquí teníamos de todo eso, pero tardé en comprender lo del comercio internacional y su mundo tan particular.

Hasta que el destino y mi trabajo profesional me hicieron visitar Chile, recorriendo no solo la capital, Santiago, sino los puertos de pesca desde Iquique al norte, hasta Talcahuano y Puerto Montt, al sur, alcanzando con ello una clara idea de la industria pesquera del país. Poco caso le hice a la fruta, pero sí al vino, gracias a mi hábito de beber vino en las comidas desde mis trece o catorce años (con el beneplácito paterno, claro está), e incluso buscando las oportunidad de visitar alguna bodega de vinos, como Cousiño Macul y alguna otra, o visitar la tienda degustación de vinos de Torres y Cía., que hace unos años existía cercana a la zona de Las Condes, en Santiago.

Y a pesar de que los vinos que nos llegan de allá no son de los que a uno le apetecerían beber, con frecuencia descorcho y bebo algún Carmenére, o Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot; así como algunos Chardonney, aunque no son los chilenos los que más aprecio.

Ahora nos enteramos de que España se ha convertido en el segundo comprador en importancia de “vinos graneles” producidos en Chile, y uno se echa a temblar. No porque sean los vinos que acostumbro beber, y que seguramente no se venderán en nuestro país con ese origen, sino como vinos patrios de fina elaboración. ¡Ja! Quizás expresado sin más lo del segundo puesto no les diga mucho a mis lectores, por lo que apunto unas cifras de por donde van los tiros.

España ha pasado de importar poco más de 3 millones de litros de vino chileno en el primer semestre de 2012, a superar los 72,5 millones en el mismo periodo de este año 2013. O sea, que se han multiplicado casi por 14 las compras de un año para el siguiente. Para que se hagan una idea es algo así como la cuarta o quinta parte de una cosecha de Rioja, que actualmente tiene 63.000 hectáreas en producción. Y si lo comparamos con Ribera del Duero, en 2012 se produjeron 86 millones de kilos de uva, que considerando mermas de la parte vegetal del racimo y otras zarandajas, queda a la par con lo importado de Chile. Con la diferencia que las cifras de Rioja y Ribera son de una cosecha, y las importadas solo son seis meses.

Lejos de mi pensamiento considerar que estos vinos se van a vender con alguna suerte de denominación o protegidas por algún marchamo de calidad. Y aunque lo piense, me lo callo. Es más. Me atrevo a asegurar que una buena parte de ese vino saldrá para otros países que  nos compran graneles en abundancia, y que los “colarán” como vinos españoles.

Uno se pregunta si nuestro país, que ronda los excedentes de vino (la exportación nos salva, al menos en los embotellados), tiene necesidad de importar esos graneles, cuando aquí también los tenemos y hasta los exportamos, y a buen precio… Pero como aquí se hace todo, o casi, en “el corto-plazo”, un mercado que iba funcionado hasta el pasado año, éste va más bien en regresión y con nubarrones en el horizonte. La solución: Importar vino barato, que si no hace mucho era argentino, ahora es chileno. Porque lo curioso del asunto es que las importaciones no han crecido igual en volumen de vino que en dinero. El primero ha dado un salto de gigante, pero el segundo se ha quedado cortito.

Son cosas  que pasan y que uno entiende pero no le parece bien. Claro que yo no estoy en el negocio. Pero entre la pérdida de consumo interno, la crisis (que parece la peste negra), y  estos trasvases de producto a bajo precio, las gentes de nuestro mundo del vino andan un tanto preocupados. Aunque estoy convencido que alguno se está forrando.

J.L.L.

 

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